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¡AY SEÑOR! ¿QUÉ DIRÉ…?


En referencia a Dios, Moisés fue el primero que dijo ¡Ay, Señor! Lo usó en su intento por rehusar su llamado para ir a Egipto a liberar a los hijos de Israel (Ex 4:10,13) El contexto en que Josué dijo, ¡Ay, Señor! era horrible. Por un lado, la promesa de heredar Canaán estaba en pie. Por alcanzarla, el desierto había sido atravesado, el Jordán había sido cruzado y los pies de los hebreos habían pisado ya parte de la herencia. Entonces, estaba comenzado a ser un hecho lo que Dios había dicho: Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro (Dt 11:24; Jos 1:3). La primera gran ciudad amurallada había sido totalmente conquistada por las huestes irresistibles de los soldados de Israel. Pero una presunción basada únicamente en el plano físico trajo un fracaso que avizoraba una vergüenza total para el pueblo de Dios. Después de haber abatido a Jericó, los expertos dijeron que para conquistar la pequeña ciudad de Hai no era necesario movilizar todo el ejército. La ignorancia sobre la grave situación espiritual en que había caído el pueblo les hizo suponer que unos tres mil soldados bastarían para hacerse sentir vencedores sobre la pequeña urbe. Pero cuando fueron a la batalla frontal, los soldados de Josué huyeron delante de los enemigos y unos treinta y seis hebreos fueron muertos. Fue entonces que aquel caudillo, rasgados sus vestidos, se postró rostro en tierra ante el Señor de los Ejércitos inquiriendo una palabra de dirección. El suspiro expresó desesperación al decir, ¡Ay, Señor…! Inmediatamente, una pregunta: ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Las acciones de Josué en tal caso deben ser las mismas que debe seguir un verdadero líder cuando se manifiesta un fracaso en el pueblo santo. Lo primero es ir a Dios a buscar la causa del desastre. Amados, es muy recomendable no tomar el pecado a la ligera dentro de la casa de Dios. Si nos hiciera falta un argumento para defender esta advertencia, tenemos que ir a la cruz donde nuestro Señor fue crucificado y entender allí que, cuando el pecado estuvo sobre Jesús para hacer la expiación, el castigo de nuestra paz fue sobre él… (Isa 53:5). La forma como la ira de Dios se expresó en el Calvario sobre aquel Cordero inocente para poder obrar nuestra justificación, es una muestra del aborrecimiento de Dios por el pecado a una medida que la mente humana no la puede sondear a plenitud. Cuando la carga del pecado del mundo cayó sobre Jesús, Él también exclamó, Ay, Señor. Lo hizo en la expresión, Dios mío, Dios mío… E igualmente, unió a su suspiro una pregunta: ¿Por qué me has desamparado? (Mr 15:34). Pero, por la muerte expiatoria del Hijo del Hombre, nosotros hemos sido redimidos del pecado, y la fe en Él nos permite entrar a poseer nuestra herencia en gloria. Mas, debemos guardar con esmero el atributo de santidad que se nos ha conferido en Cristo, para que podamos ser fuertes contra el enemigo que ataca y para ganar todas las batallas que libramos mientras avanzamos a la Canaán eterna. Si esto hacemos, no tendremos que repetir el desesperado sollozo de Josué, ¡Ay, Señor! ¿Qué diré…? Con los ojos puestos en la Herencia reservada por Cristo a los santos, hagamos compromiso de cortar con todo anatema en nuestros entornos. Que el Señor les bendiga ricamente! Pastor Víctor & Carolina Amador

Photo by Andrzej Kryszpiniuk on Unsplash

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